“El tiempo es el espacio en que se desarrolla el alma.” — José Ortega y Gasset
Gracias a la Librería Francesa Tiempos Futuros tuve la oportunidad de adquirir La Végétarienne. Era la primera vez que leía a la escritora coreana y Premio Nobel de Literatura 2024, Han Kang. Conociendo mi ADN literario, que exige ritmo, respiración y movimiento, y poco amigo de esos párrafos que dejan una idea dando vueltas —profundos, sí, pero sin cinco páginas para llegar al punto—, pensé que no lograría engancharme con la historia de Yonghye. Soy aficionada a Matteo Strukul y reconozco que los libros de Paulo Coelho me malcriaron con una fórmula casi maléfica: frase, idea, acción y avance. Y ni hablar de estos tiempos, después de haberme devorado la saga de Pierre Lemaitre, Les Années glorieuses (Los años gloriosos). Sin embargo, Han Kang me sorprendió y me dio justo en el clavo, hasta hacerme derramar lágrimas.
Para quienes aún no han leído La Vegetariana y, como yo en su momento, han escuchado comentarios poco entusiastas, les recuerdo brevemente la sinopsis: una noche, Yonghye se despierta y va hasta el refrigerador, del que retira toda la carne que contiene. Guiada por sus sueños, decide convertirse en vegetal, perderse en la existencia serena e inaccesible de los árboles y las plantas. Esta renuncia, que se convierte en el sentido de su vida, y el poder erótico y floral de su desnudez harán estallar las normas de la sociedad, en un lento descenso hacia la locura y lo absoluto.
El comienzo, lento y convencional, puede transmitir cierta frialdad, pero cuando menos lo esperas, Han Kang te pega directo en la tripa. La Vegetariana empieza como una historia extraña y contenida, pero termina convirtiéndose en una tragedia sobre el cuerpo, la violencia, la libertad y la imposibilidad de aceptar que alguien diga simplemente: «Entonces, ¿está prohibido morir?».
Sin hacerles spoiler, quiero destacar algunos temas que invitan a la reflexión y que, a mi juicio, hacen de esta obra publicada en 2007 una lectura tan singular.
Uno de ellos es el erotismo que nace entre dos almas profundamente frágiles e incomprendidas, que han transgredido los límites impuestos por nuestra sociedad: Yonghye y su cuñado, cuyo nombre nunca llegamos a conocer. Este último podría representar, desde la mirada de la técnica sistémica de las constelaciones familiares, la figura de «el excluido».
En el segundo capítulo, Han Kang nos sumerge en una visión onírica de las flores y del deseo sexual que parece evocar una pieza de Claude Monet, creador de la célebre serie de los Nenúfares (Nymphéas), o de Vincent van Gogh, quien inmortalizó la naturaleza en vibrantes lienzos como sus famosas series de Girasoles y Lirios. En Kang, las flores dejan de ser simples elementos de la naturaleza para convertirse en una expresión del deseo que desborda los límites de lo comprensible.
Todo parte de un detalle que para nosotros puede resultar tan común como insignificante: una pigmentación benigna de la piel, de tonalidad azul grisácea, que en la novela se convierte en un puente íntimo entre dos seres que parecen haber perdido su lugar en el mundo. Este erotismo, que a algunos lectores podrá parecer sórdido, resulta inédito e inesperado: Han Kang convierte el cuerpo en un lenguaje secreto donde el deseo y la fragilidad se confunden.
Cuando cuidar también puede convertirse en una forma de no dejar ir
La relación entre las hermanas es poderosa, hecha de amor, culpa y silencios. Inhye quiere proteger a Yonghye, pero también carga con la sensación de no haber sabido leer a tiempo sus señales. Mientras ella intenta aferrarse a lo terrenal —su hijo, su trabajo, la vida cotidiana—, su hermana parece alejarse cada vez más hacia otro lugar, uno en el que las flores, los árboles y el deseo de convertirse en vegetal adquieren un significado que los demás no consiguen comprender.
Las señales estaban ahí, pero los personajes las pasan por alto. Han Kang maneja el pasado y el presente para mostrarnos cómo la culpa invade a Inhye, la hermana mayor, mientras intenta encontrar una salida ante el dolor y el deterioro de Yonghye. Y ahí aparece un dilema que la novela deja abierto: ¿hasta dónde podemos decidir sobre la vida de otro ser humano, incluso cuando creemos estar actuando por amor?
La historia también nos lleva a pensar en quienes enfrentan, desde muy jóvenes, trastornos de la conducta alimentaria y en el impacto que estas enfermedades tienen sobre toda una familia. En la novela aparecen, además, la anorexia nerviosa y la esquizofrenia, mientras Inhye termina cargando no solo con el dolor de su hermana, sino también con el peso de acompañarla. Colombia reconoce, bajo determinadas condiciones, el derecho a morir dignamente, mientras que en Corea del Sur se permite rechazar o retirar ciertos tratamientos que prolongan artificialmente la vida, pero la eutanasia no está legalizada. Más allá de lo jurídico, Han Kang nos conduce a una pregunta profundamente humana: ¿hasta dónde estamos dispuestos a preservar una vida marcada por el dolor?
La Vegetariana puede leerse también como una versión moderna de La metamorfosis de Kafka: otro contexto, otra cultura y otras relaciones familiares, pero una misma denuncia sobre la indiferencia y la crítica hacia quienes se apartan de las normas. No se trata solo de dejar de comer carne y romper con los cánones sociales, sino de preguntarnos cuánto hemos evolucionado como sociedad. Confieso que también me enfurecí con Yonghye y quise sacudirla por los hombros, como su hermana mayor, pero al final la novela deja una dura lección: no podemos imponer a los demás nuestra idea de lo que está bien, ni siquiera cuando creemos actuar por amor.
Y aquí aparece otra reflexión que me quedó dando vueltas: la de una fábula en la que una gallina cuida a una cobra herida hasta que se recupera, pero cuando esta finalmente la ataca, la gallina le pregunta por qué. La cobra responde: «Yo nunca te pedí ayuda». Inhye parece aprender algo parecido. Durante mucho tiempo intenta sostener, comprender y cuidar a quienes la rodean, incluso cuando ellos no pueden darle lo mismo. La Vegetariana nos recuerda que darlo todo por alguien que nunca lo pidió puede convertirse en sacrificio, y que esto ocurre más de lo que creemos en las relaciones de pareja y familiares. Comprender al otro no significa tener que salvarlo.
Así que, bravo por Han Kang: por una coherencia narrativa hecha de ritmo, silencios y diálogos precisos.
Nota: Una coincidencia literaria: mientras escribo estas líneas, se acerca nuevamente el anuncio del Premio Nobel de Literatura. Después de que Han Kang recibiera el Nobel en 2024, resulta inevitable volver la mirada hacia quienes podrían sucederla. Como cada año, circulan nombres de grandes escritoras de distintas lenguas y tradiciones: Anne Carson, Margaret Atwood, Cristina Rivera Garza, Elena Poniatowska, Can Xue, Jamaica Kincaid, Alexis Wright, Fleur Jaeggy, Ersi Sotiropoulos o Liudmila Ulítskaya, entre otros.