Ernesto Aronna: una vida entre hilos y sueños

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“El arte no reproduce lo visible. Hace visible.” Paul Klee

Las luces del teatro La Baranda se apagaron dejando que la oscuridad se apoderara de cada rincón. Luego de un prolongado silencio, una tenue luz  iba anunciando la aparición de graciosos personajes que emergían del escenario. En primera fila, un niño fijaba la mirada sin apartar sus pequeños ojos del espectáculo, la curiosidad venció su temor de encontrarse en tinieblas, porque quería descubrir cómo surgía cada voz, cada sonido musical que daba vida a la historia. De repente cerró los ojos para disfrutar cada sonido, pero los efectos de las luces lo alertaron de nuevo y una sonrisa estalló en sus labios.  Del otro lado del escenario, su padre cruzaba los dedos para que Ernesto no se espantara por su ausencia o hiciera algún episodio infantil que interrumpiera la función.

Pero las marionetas hicieron su magia y cautivaron su mente inquieta, por eso seguía vivazmente cada movimiento en las tablas, después de todo, esos seres pequeños eran capaces de contar grandes historias y contagiarlo de tanto entusiasmo, que lo dejaban inmóvil en su asiento. Al cumplir los cuatro años, el mundo onírico de Ernesto ya navegaba en medio de historias infantiles y personajes que, como fantasmas vivientes, merodeaban la casa de sus padres. Así fue creciendo en un mundo de adultos consagrado a los niños, rodeado de libros, poemas de Lorca, música de Mozart, Vivaldi, de grandes óperas y ese legado de I Pupi dei Salici que a su corta edad, aún no alcanzaba a dimensionar.

El tiempo transcurría y mientras los otros jóvenes se dedicaban a jugar con carritos, balones, e incluso se afiebraban con un “Atari”, a Ernesto nada lo apartaba de su gran pasión: jugar con los teatros de cartón que había en su casa, descubrir cómo funcionaban las cuerdas de las marionetas por dentro o explorar los efectos de sonido. Por eso sus horas libres las disfrutaba en el teatro junto a su padre, considerado el pionero de las marionetas italianas en Colombia.

Con mucha picardía Ernesto reconoce que nunca fue el estudiante más disciplinado, pues sus áreas de interés siempre fueron la literatura, la filosofía y la historia, las matemáticas nunca fueron su fuerte. En el colegio siempre lo consideraban un poco excéntrico, lo cual se tradujo en el consabido bullying. Sin embargo, supo ganarse el respeto de sus compañeros de curso gracias al increíble espectáculo de marionetas que ofrecía su padre en sus cumpleaños y a su constante participación en las jornadas culturales del gimnasio Granadino. Allí se fue fogueando como artista y futuro presidente de la Fundación Ernesto Aronna

Un Pinocho con voz y voto

Desde los cuatro años, cuando aprendió a maniobrar los puentes con una sola mano mientras sostenía una marioneta con la otra, Ernesto nunca volvió a desprenderse de ese universo. Décadas después, continúa dándoles vida sobre el escenario.

Su participación más reciente en Il Suono delle Radici (El sonido de las raíces), una creación del Colectivo Errante en colaboración con el Instituto Italiano di Cultura di Bogotá, reafirma ese vínculo entre memoria, arte e identidad que ha acompañado toda su trayectoria.

La experiencia teatral, concebida para conmemorar los 80 años de la República Italiana, propuso un recorrido escénico a través de la música, la literatura y la memoria colectiva. Sobre el escenario dialogaron grandes referentes de la cultura italiana como Carlo Collodi, Grazia Deledda, Luigi Pirandello y Giuseppe Verdi, dando paso a preguntas profundamente humanas: ¿Qué significa hoy ser República?, ¿Qué permanece de aquella promesa de participación, dignidad, justicia y voz popular?

Allí Ernesto interpretó a Pinocho con una marioneta que conmovió profundamente al público. Recordando su interpretación me explica que la obra, inspirada en el texto de Carlo Collodi, va mucho más allá del personaje que todos recuerdan por las mentiras y la nariz que crece.

“Pinocho habla de la condición humana, de la sensibilidad y de la capacidad de cambiar”. En la obra él defiende que, aunque sea un muñeco,  puede tener voz y voto y también puede aportar al cambio”. Para Ernesto, uno de los mensajes más poderosos del personaje es reconocer el error sin quedar definido por él: “Pinocho entiende que se equivocó, pero también demuestra que las personas pueden transformarse. Como dice el texto, para construir una verdadera sociedad se necesitan muchas manos… incluso las suyas”.

Más que una historia infantil, Ernesto ve en este personaje de madera una invitación a mirar al otro más allá de sus errores y reconocer que todos podemos participar en la construcción de una cultura más humana, gracias a que tenemos voz y voto.

Un legado maravilloso

Con sesenta años de trabajo y amor por el arte, la Fundación Ernesto Aronna se ha consolidado como uno de los grupos de marionetas con mayor trayectoria en Colombia. Ha representado al país en más de 300 festivales de teatro y marionetas y construido un repertorio de más de 65 montajes, gran parte de ellos dirigidos al público infantil.

Sin embargo, para Ernesto las cifras nunca han sido lo más importante. Lo verdaderamente valioso es la historia que sostiene cada función. Hablar con él es descubrir que el teatro de marionetas no comenzó en un escenario colombiano, sino mucho antes, entre recuerdos familiares que cruzaron el océano.

Con emoción recuerda a su abuelo, Gino Aronna Guerrisi, físico, matemático y primer violín de la Orquesta Sinfónica de Calabria. A finales de la Segunda Guerra Mundial, la familia salió de Italia rumbo a América. En medio del viaje, tuvieron que abandonar parte de sus marionetas y escenografías para aligerar el barco y continuar el trayecto.

Aquella pérdida marcó profundamente a su padre. “La técnica italiana era, como decía él, una lluvia de hilos: escenografías acordes a la época, vestuario, movimiento y estructuras que permitían que el marionetista desapareciera para que solo existiera la magia del personaje”, recuerda Ernesto.

Su familia provenía de una tradición ligada a los históricos I Pupi dei Salici, compañía que ya no existe, pero cuya huella permaneció viva dentro de su hogar.

Ya instalado en Colombia, el maestro Gino continuó su carrera musical e impulsó proyectos como la orquesta Brisas de Manizales, además acompañó con su talento a la orquesta de Lucho Bermúdez. Mientras tanto, el padre de Ernesto encontró otro camino para reconstruir aquello que había quedado atrás: el teatro.

Siendo adolescente, Ernesto Aronna Solano ingresó a estudiar arte dramático con Víctor Mallarino y allí comenzó una búsqueda que cambiaría el destino de la familia. A comienzos de los años cincuenta conoció las técnicas del teatro moderno y quedó profundamente impactado por la llegada a Colombia del Teatro de Marionetas de Salzburgo.

La historia familiar cuenta incluso que, impulsado por la curiosidad, permaneció oculto entre bastidores para observar cómo funcionaba este espectáculo internacional desde adentro.

Años después conoció al maestro Antonio Ángulo Gutiérrez, pionero del teatro estable de títeres en Colombia. Ese encuentro terminó de darle forma a una idea que ya lo acompañaba desde niño: las marionetas no podían quedarse como un recuerdo.

Comenzó haciendo pequeños personajes, presentaciones caseras y números musicales hasta que una frase cambió su vida, alguien le dijo: “Esto que haces es muy bello y no debería quedarse como un hobby”. En 1959 fundó el Teatro de Marionetas de Santa Fe, inaugurado oficialmente el 24 de abril de 1960, una de las primeras salas estables de marionetas de hilo del país. Desde entonces el apellido Aronna quedó unido al teatro de marionetas.

Décadas después, tras la muerte de su padre en 2003, Ernesto asumió la responsabilidad de continuar el legado. Hoy dirige la fundación desde el mismo principio que inspiró a su padre: mantener un teatro vivo y abierto al público.

La sala pasó por distintas sedes hasta instalarse en el primer piso de la casa familiar, convertido en un escenario permanente donde cada fin de semana siguen apareciendo nuevos personajes. Aunque ha incorporado tecnología y recursos contemporáneos, Ernesto insiste en preservar el trabajo artesanal.

Para él, su mayor reto continúa siendo el mismo: lograr que el público vuelva, que descubra que las marionetas siguen vigentes, pues detrás de cada función hay décadas de dedicación silenciosa. Porque más allá del escenario, sostener un teatro también es un acto de fe.

La evolución es constante

Cuando le pregunto cómo ha evolucionado el teatro de marionetas en Colombia y qué retos enfrenta para atraer a las nuevas generaciones, Ernesto responde sin rodeos: “una de mis mayores satisfacciones ha sido recibir en cuatro ocasiones el reconocimiento del público en festivales internacionales donde ya no decide un jurado especializado, sino los propios espectadores. Para mí eso ha sido muy motivante porque demuestra que el teatro sigue vivo y que todavía conectamos con la gente”.

Sin embargo, para Aronna el verdadero premio no son los reconocimientos, sino comprobar que las marionetas continúan emocionando a distintas generaciones.

La evolución, insiste, es constante. Por eso no deja de experimentar con luces, efectos y nuevas formas de movimiento para acercarse a los niños de hoy, acostumbrados a los videojuegos, las pantallas y las realidades virtuales. Aun así, tiene claro que la innovación no puede reemplazar lo artesanal.

“Me considero clásico-contemporáneo. No dejo de hacer muñecos ni pierdo la artesanía, pero la mezclo con tecnología”. Aunque reconoce el auge de los montajes de gran formato, prefiere conservar la intimidad de su teatro y la cercanía con el público.

Quizá una de las escenas que más lo conmueve ocurre cuando alguien le dice: “Venía aquí de niño y ahora traigo a mis nietos”. Para Ernesto, allí está la verdadera prueba de que el teatro permanece. Defiende además el valor educativo de las marionetas, una idea heredada de su padre: el títere no solo entretiene, también enseña.

Respirando profundamente afirma: “las marionetas no sufren de ego. Son capaces de decir cosas que quizá un humano no se atrevería a decir”. Por eso continúa llevando a escena cuentos clásicos como Pinocho, La Bella Durmiente o La Cenicienta: historias que siguen despertando imaginación, sensibilidad y reflexión.

Y aunque algunos puedan considerar esta técnica una tradición del pasado, Ernesto no parece dispuesto a abandonarla y remata con convicción: “lo seguiré haciendo hasta que me muera”.

Tal vez porque, más que un espectáculo, para él las marionetas siguen siendo una forma de devolverle al público la capacidad de soñar.

Quiero dejar un teatro vivo

Después de más de seis décadas dedicadas al arte de las marionetas, Ernesto habla de su oficio como quien habla de un amor que eligió para toda la vida.

Confiesa entre risas que mantener una relación estable nunca ha sido sencillo. Los fines de semana —cuando muchos descansan— son justamente los días en los que su teatro cobra vida y exige toda su atención, prácticamente el amor por el teatro es posesivo y no lo dice con amargura sino con una mezcla de humor y resignación afectuosa: “siempre hay algo por reparar, una luz por probar, una escenografía por ajustar o una función por preparar”.

Fuera del escenario, Ernesto también vive rodeado de pequeños universos. Es un coleccionista apasionado de decoraciones de Halloween, luces, máquinas de humo y objetos diminutos que descubre recorriendo lugares como San Victorino. Puede observar por largos minutos  una pequeña taza de té, una miniatura o cualquier detalle que después terminará convertido en parte de una escena.

Y aunque para algunos ese gusto por los objetos pequeños pueda parecer “extraño”, para Ernesto nunca ha sido una contradicción: simplemente aprendió a mirar el mundo a otra escala. Crear una marioneta puede tomarle ocho días completos de trabajo, dedicándole cerca de nueve horas diarias. Pero detrás del proceso hay mucho más que técnica, porque hacer marionetas significa saber un poco de todo: carpintería, pintura, escultura, iluminación, sonido, electricidad, escenografía y estética.

“Este oficio me enseñó que todos los días se aprende algo nuevo. Además, las marionetas me han pagado estudios, viajes, me dieron una profesión y, sobre todo, una forma de habitar el mundo”. Por eso insiste en que quiere dejar algo más que funciones o reconocimientos, sueña con dejar un teatro vivo, así nuevas generaciones seguirán alimentándose del color, de la imaginación y de ese muñeco aparentemente inmóvil que solo existe cuando alguien decide darle vida.

“Que este teatro se vuelva una leyenda… pero una leyenda que continúe”. Y quizá esa sea la verdadera herencia que busca construir. No demostrar que las marionetas siguen existiendo, sino recordar que todavía hay personas capaces de dedicar una vida entera a mover unos hilos para que otros vuelvan a soñar.

Porque, al final, si nadie mueve la marioneta, ella permanece inmóvil. Pero, cuando alguien la mira con amor, empieza a hablar. Quizás por eso Ernesto las quiere tanto: nunca hablan mal, no sufren de ego y no buscan protagonismo. Solo necesitan unas manos, una mirada y alguien dispuesto a darles vida. Tal vez ahí radica el amor verdadero.

Fotos: Ángel Aguirre- Archivos Ernesto Aronna-

Agradecimientos: Istituto Italiano di Cultura di Bogotá

NG

Natalia Gnecco Arregocés es una periodista y comunicadora social colombiana graduada de la Universidad de La Sabana. Posee experiencia en escritura periodística, investigación, relaciones públicas y comunicación. En 2009 fundó el Festival LatinArte en Montreal y fue nombrada una de las siete personalidades del año. También es autora de la novela "La promesa" y “Son mis huellas y hay camino”. Habla con fluidez inglés, francés e italiano.

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