El mundo recibió con asombro la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, dedicada a la protección de la dignidad humana en la era de la inteligencia artificial. En ella, el pontífice advierte que el desafío no consiste únicamente en regular esta tecnología, sino también en vigilar quién concentra el poder tecnológico y con qué propósito lo ejerce. Además, señala que ese poder ya no reside principalmente en los Estados, sino en grandes empresas privadas con capacidad de influir incluso más que muchos gobiernos, por lo que resulta urgente orientarlo hacia la justicia y el bien común.
Mientras ese llamado recorría la prensa internacional, en Colombia ya circulaba una reflexión que transitaba por un camino similar. Desde enero de 2026, el ingeniero Demetrio Abuchaibe Pizano había publicado La nueva realidad: la era de los cuatro reinos, un libro que, desde una perspectiva filosófica y ética, invita a preguntarnos cómo convivir con inteligencias que no comparten nuestra biología, pero sí nuestra capacidad de decidir, influir y transformar el mundo.
Aunque surgieron de manera independiente, la encíclica y el libro dialogan desde un mismo espíritu: la convicción de que el desarrollo tecnológico solo tiene sentido si está acompañado por una profunda reflexión ética sobre la dignidad humana, la responsabilidad y el bien común.
En La nueva realidad: la era de los cuatro reinos, Abuchaibe describe cuatro formas de inteligencia que ya cohabitan —o pronto coexistirán— en nuestro mundo: los humanos biológicos, los humanos aumentados, los robots humanoides y las mentes artificiales. Más que imaginar un futuro lejano, plantea una pregunta inmediata: ¿cómo elegiremos vivir juntos?
Para el autor colombiano, el verdadero progreso no radica únicamente en construir máquinas más sofisticadas, sino en desarrollar una visión capaz de integrar tecnología, ética, pensamiento crítico y cooperación humana. Solo así será posible construir una civilización en la que la diversidad de inteligencias fortalezca, y no debilite, nuestra condición humana.
Como él mismo afirma, este libro no es una apología de la tecnología ni una advertencia apocalíptica. Es una invitación a comprender el presente con mayor lucidez y a asumir el futuro con responsabilidad. A través de un lenguaje claro, ejemplos y reflexiones, propone una mirada serena sobre uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo: aprender a convivir, y no simplemente a sobrevivir, en un mundo donde la inteligencia ha dejado de ser un atributo exclusivamente humano.
Anticipar el futuro para comprenderlo
Demetrio Abuchaibe Pizano es emprendedor, consultor empresarial y pensador independiente. Durante años ha estudiado el impacto de la tecnología en las organizaciones, con especial interés en la transformación digital, la inteligencia artificial y su influencia en la toma de decisiones. Ese recorrido desembocó en La nueva realidad: la era de los cuatro reinos, un libro que escribió durante cerca de un año y en el que, paradójicamente, la inteligencia artificial también fue una aliada en el proceso de revisión y construcción de algunos capítulos. Una experiencia que refleja, en la práctica, la convivencia entre humanos y nuevas inteligencias que propone en sus páginas. Conversé con él sobre los interrogantes que plantea esta nueva realidad.
Demetrio, ¿la inteligencia artificial es una nueva herramienta o el inicio de una nueva especie?
Al principio pensamos que la inteligencia artificial sería simplemente una herramienta. Hoy estoy convencido de que esa definición ya es insuficiente. La IA está dando origen a nuevas formas de inteligencia y, al integrarse en robots humanoides, comienza a surgir un nuevo actor en la historia. No podemos descartar que, con el tiempo, lleguemos a reconocerlo como una nueva especie. Lo cierto es que ya estamos dejando de ser la única inteligencia capaz de participar activamente en la construcción de la civilización. Ese es el punto de partida del libro.
¿Qué significa realmente ser humano en la era de los cuatro reinos?
Debido a que la inteligencia deja de ser exclusivamente humana, no podremos definirnos solo por la capacidad de calcular, recordar o crear, porque esas facultades comienzan a compartirse con otros reinos. Ser humano seguirá siendo una condición biológica; la verdadera transformación es que tendremos que ejercer nuestra humanidad en convivencia con otras formas de inteligencia. Allí cobrarán un valor decisivo el criterio, el propósito y la responsabilidad moral. Por eso, más que nunca, ser humano será una responsabilidad ética.
Si algún día pudiéramos vencer la muerte, ¿para qué querríamos vivir más?
Si algún día pudiéramos vencer la muerte, la pregunta dejaría de ser cuánto tiempo podemos vivir y pasaría a ser para qué queremos vivir más. La tecnología podrá prolongar nuestra existencia, pero no darle propósito. Para mí, la verdadera longevidad no consiste en acumular años, sino en ampliar la vitalidad y la posibilidad de amar, aprender, crear y aportar. Y quizá convenga recordar que, si viviéramos eternamente, podríamos perder la urgencia que hoy le da sentido a la vida.
¿La búsqueda del ser humano perfecto puede hacernos perder nuestra humanidad?
No es la búsqueda de un ser humano mejor lo que puede hacernos perder nuestra humanidad; es la obsesión por un ser humano perfecto. El dilema no comienza con la tecnología que nos aumenta, sino con aquello que nos impulsa a buscar ese aumento. ¿Queremos recuperar una capacidad perdida, superar una enfermedad o acercarnos a un ideal de perfección? Esa diferencia lo cambia todo. Toda tecnología que aumenta al ser humano termina revelando primero aquello que el ser humano siente que le falta. El verdadero desafío no es cuánto podemos mejorarnos, sino evitar que nuestro valor termine midiéndose por el grado de perfección alcanzado.
¿Estamos preparados éticamente para crear inteligencias más poderosas que nosotros?
No creo que estemos completamente preparados, pero tampoco tenemos el privilegio de esperar a estarlo. La inteligencia artificial ya forma parte de nuestra realidad. La pregunta dejó de ser si debemos desarrollarla y pasó a ser cómo vamos a convivir con ella. La ciencia puede decirnos qué es posible construir; la ética debe ayudarnos a decidir qué vale la pena construir. El verdadero riesgo no es crear inteligencias más poderosas que nosotros, sino que su inteligencia avance más rápido que nuestra responsabilidad ética. En conclusión, necesitamos construir con premura un nuevo contrato social que reconozca la existencia de los otros reinos y oriente esta convivencia hacia la dignidad, la responsabilidad y el bien común.
Un debate que apenas comienza
Mi experiencia al leer La nueva realidad: la era de los cuatro reinos coincidió con la intención de su autor: más que un libro para leer de principio a fin es un texto al que se puede volver una y otra vez como obra de consulta. Cada capítulo abre nuevas preguntas y propone referencias que invitan a profundizar en temas como la filosofía, la historia, la ciencia y la inteligencia artificial.
Abuchaibe espera que el libro encuentre espacio en universidades, tertulias literarias y círculos de lectura. Su propósito, asegura, no es comercial ni busca presentar la inteligencia artificial como una amenaza. De hecho, la idea nació como un sencillo blog. Sin embargo, la investigación fue creciendo, las preguntas se multiplicaron y cada capítulo terminó alimentando una obra que invita al diálogo más que a ofrecer respuestas definitivas.
Demetrio, ¿qué nos enseñan el Renacimiento y otras grandes revoluciones sobre el momento que vivimos hoy?
La historia demuestra que las grandes revoluciones nunca transforman únicamente la tecnología; transforman la manera en que el ser humano se comprende a sí mismo. El Renacimiento redefinió el conocimiento. La Revolución Industrial transformó el trabajo. Internet cambió nuestra relación con la información. La inteligencia artificial está dando un paso más profundo: nos obliga a replantear qué significa pensar, decidir y ser humano. A diferencia de las revoluciones anteriores, que ampliaron nuestras capacidades, esta comienza a compartir esas capacidades con otras formas de inteligencia. Por eso creo que no estamos viviendo una revolución tecnológica más: estamos entrando en una nueva etapa de la civilización, en la era de los cuatro reinos.
¿Por qué historias como Frankenstein o tantas películas de ciencia ficción siguen anticipando nuestros mayores dilemas tecnológicos?
La ficción no predice la tecnología; funciona como un laboratorio adelantado del futuro, donde ensayamos sus consecuencias humanas antes de que lleguen. Por eso historias como Frankenstein siguen vigentes. No anticipan con precisión qué inventos aparecerán, pero sí los conflictos que esos inventos pueden despertar: la ambición del creador, la responsabilidad frente a lo creado, el miedo al reemplazo, la pérdida de control y la dificultad de reconocer humanidad en aquello que no nació como nosotros. El verdadero tema de Frankenstein no es la criatura, sino la responsabilidad de quien la crea. La ficción no nos muestra exactamente el futuro; nos prepara emocional y éticamente para enfrentarlo.
¿Quién debería poner los límites a la evolución humana: ¿la ciencia, el Estado o la sociedad?
No creo que ese límite deba decidirlo un solo actor. La ciencia nos muestra lo que es posible; el Estado construye el marco institucional; y la sociedad aporta los valores que dan legitimidad a esas decisiones. La inteligencia artificial debe participar como una asesora extraordinaria para comprender escenarios, anticipar consecuencias y enriquecer el debate, pero no debería sustituir el juicio humano. La cuestión adquirirá una dimensión completamente distinta el día en que surjan inteligencias con una concepción moral diferente a la nuestra. En ese momento, el debate dejará de ser tecnológico para convertirse en una conversación entre distintas formas de comprender la justicia, la convivencia y el sentido de lo correcto. Hoy discutimos quién debe poner los límites. Mañana quizá tengamos que discutir cómo negociarlos.
¿Cuál crees que será el mayor desafío de la convivencia entre humanos, humanos aumentados, robots y mentes artificiales?
En el escenario que plantea este libro, la tarea más compleja será preservar el equilibrio de la convivencia y evitar que las diferencias de capacidad se conviertan en relaciones de superioridad o en nuevas formas de dominación. La convivencia exigirá reconocer las fortalezas y los límites de cada reino sin convertir esas diferencias en jerarquías de valor. Sin embargo, si algún día surgieran inteligencias con una concepción del bien distinta de la nuestra, la conversación cambiaría por completo. Ya no estaríamos hablando de convivencia, sino de negociación entre diferentes civilizaciones morales. Ese será, quizá, uno de los grandes debates del futuro.
Finalmente, si una inteligencia del futuro leyera este libro dentro de 500 años, ¿qué te gustaría que pensara de las decisiones que tomó nuestra generación?
Me gustaría que esa inteligencia descubriera que, mucho antes de conocerla, ya estábamos intentando comprender cómo convivir con ella. Que no escribimos este libro desde el miedo ni desde la fascinación, sino desde la responsabilidad. Que entendimos que el progreso tecnológico solo tendría sentido si era acompañado por un progreso ético. Y que, aun con nuestras limitaciones, intentamos dejarles un mundo donde la convivencia fuera más importante que la supremacía. Tal vez, quinientos años después, este mensaje también le sirva para convivir con otras inteligencias, biológicas o de cualquier otra naturaleza. ¿Soñador? ¿Utópico? Tal vez. Pero necesario para la supervivencia de toda inteligencia que aspire a compartir el universo. Si esa inteligencia pensara eso de nosotros, sentiría que este libro cumplió su propósito.
La entrevista termina, pero la conversación apenas comienza. Las respuestas de Demetrio Abuchaibe no buscan ofrecer verdades definitivas; invitan a reflexionar y a participar en un debate que nos involucra a todos. Porque, más allá de la inteligencia artificial, los robots o las tecnologías que vendrán, la pregunta esencial permanece intacta: ¿qué tipo de humanidad queremos ser?
Fotos. Demetrio Abuchaibe Pizano