Siempre me ha sorprendido que, en Colombia, cuando se organizan viajes a Europa, tanto para jóvenes como para adultos, Liguria casi siempre quede fuera de los itinerarios. Por lo general, el recorrido se limita a una parada en Portofino y un poquito poco más. Y así se pierden una de las regiones más interesantes y sorprendentes de Italia.
Para entender mejor cómo es esta bella región, hablé con Barbara Galvani, genovesa de pura cepa. Nos encontramos virtualmente después de haber leído sobre dos titulares que acapararon la atención internacional sobre Génova: la presentación de la famosa DJ belga Charlotte de Witte y de una manifestación por la paz dedicada a los niños, a los pies del Palacio Ducal. “Ver a todos esos niños, con sus colores y su espontaneidad, pedir la paz en un momento tan delicado fue realmente emocionante”, me confiesa “Barbie” como la llamamos sus amigos.
Como muchos saben, Liguria es el principal punto de acceso marítimo para la economía del norte de Italia, sobre todo para Piamonte y Lombardía. Cuenta con más de un millón y medio de habitantes, concentrados principalmente a lo largo de la costa, y está dividida en cuatro provincias: Imperia, Savona, Génova y La Spezia.
En el mapa la vemos como una estrecha franja de tierra entre los Alpes, los Apeninos y el mar de Liguria. Con apenas 5.400 km², es una de las regiones italianas con mayor número de playas con Bandera Azul. Entre las más icónicas destacan Sestri Levante, Camogli, Santa Margherita Ligure, Monterosso al Mare y Finale Ligure.
La capital es Génova, apodada “La Superba”, corazón de la antigua República Marinera. Además, el 65% del territorio es montañoso, con los Apeninos descendiendo casi hasta sumergirse en el mar. El patrimonio de la región incluye joyas como el Acuario de Génova, el Festival de Sanremo, las Cinque Terre y Portofino.
La excelencia continúa en la mesa: pesto genovés, aceite de oliva virgen extra ligur y, por supuesto, la focaccia genovesa, con sus pequeñas hendiduras llenas de aceite y sal gruesa, que incluso se disfruta en el desayuno con café.
Los genoveses aman el mar

Barbara nació en un pueblo a unos 30 km de Génova, rodeado por el verde de las colinas, no exactamente junto al mar. Como ella misma cuenta, pasaban el tiempo jugando al aire libre, entre niños y niñas, y en verano se salía siempre. Se regresaba a casa solo para un almuerzo rápido y luego se volvía a salir a inventar juegos y nuevas aventuras.
Sonriendo, añade: “en esa época, la escuela primaria tenía cuatro horas de clase por la mañana; con el tiempo aumentaron, pero aun así se podía volver a casa a almorzar. Después de hacer las tareas, salíamos a jugar con los otros niños. Inventábamos constantemente nuevas actividades como voleibol. A veces llegaban los paisanos, que en verano venían desde la ciudad a buscar el fresco en el campo”.
Comparto el amor de Barbie por el mar y sus atardeceres, así que no puedo evitar preguntarle cuál es la relación de los genoveses con el mar. Con una mirada cómplice, me dice: “Liguria es una franja estrecha de tierra entre las montañas y el mar. Montañas bastante altas, que a menudo superan los 1000 metros. Así que, en un mismo día, tenemos el privilegio —si queremos, y a veces lo hacemos— de pasar la mañana en el mar y la tarde en la montaña, o al revés”.
Barbie afirma que se prefiere el mar por esa inmensidad azul que envuelve con su aroma, con su apertura, con el espacio y la energía que transmite. Muchos ligures se sienten profundamente atraídos por su presencia y sostienen —ella incluida— que sería muy difícil vivir lejos de él.
Barbara explica emocionada que vive a 20 minutos del mar con su esposo Maurizio y su hijo Alessandro. “En verano nos trasladamos a la riviera, donde tenemos una casa familiar, cuando paso algunos días ausente regreso frente al mar, siento una apertura mental, en el corazón, el pensamiento. Y aún hoy, después de tantos años, sigo encantada por la belleza, de cualquier tipo de mar.
Génova, la Superba
Si bien Roma, Florencia y Venecia tienen una tradición histórica y artística inmensa; Génova también la tiene, pero no está tan estudiada. Roma es caput mundi, y su huella es evidente en toda la historia. Es un museo a cielo abierto. Es cierto que no hay mucha competencia con estas grandes ciudades. Aun así, Génova es una ciudad de gran encanto, que sabe cómo conquistarte, revelarse y que debemos descubrir. Y nada mejor que hacerlo de la mano con una genovesa de pura cepa.
Barbara adopta el tono de una guía turística y me dice: “tenemos el centro histórico más grande de Europa. Una parte es muy acogedora, otros callejones un poco menos. Está es una particularidad de los caruggi: así se llaman los callejones en genovés. Algunos son estrechísimos. Incluso hay uno donde no pueden pasar dos personas al mismo tiempo”.
—También son un poco oscuro— la interrumpo. Me explica que el problema era el espacio: se construían los edificios lo más cerca posible para albergar a más personas. Cuando las calles eran más anchas, su tamaño se calculaba según el paso de un carruaje. Aún hoy, el centro histórico se recorre principalmente a pie.
Los edificios no son siempre lineales: al subir, tienden a ensancharse hacia el interior y a estrechar el espacio exterior. Así, en los pisos altos, los edificios parecen casi tocarse, creando una sensación única de cercanía entre las viviendas. Es, sin duda, una zona muy característica que ofrece al visitante mucha belleza, porque en el centro histórico se encuentran los antiguos Palacios de los Rolli, verdaderas obras de arte abiertas al público durante los Rolli Days.
Por último, para los amantes de la ópera, Génova cuenta con el Teatro Carlo Felice, conocido por su acústica y sede de la temporada lírica. En estos días, se está presentando Tosca de Giacomo Puccini. La ópera italiana forma parte del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad de la UNESCO desde 2023.
Entre mar, montañas y sol

Según Barbara, el genovés es así: no se abre de inmediato, hay que descubrirlo poco a poco. “Al principio somos cerrados, pero cuando nos abrimos, damos el corazón”.
Yo, en cambio, me siento impactada por otra forma de “apertura” genovesa —casi en contraste con ese hermetismo inicial— y me refiero a la amplia red de transporte que conecta toda la ciudad, desde las zonas altas hasta el mar. Ella sonríe y precisa: «Génova está en el centro de Liguria; luego están la Riviera de Levante y la Riviera de Ponente, muy distintas entre sí. El Levante es más característico, con menos playas; el Ponente, hacia Francia, tiene playas más amplias, de arena, y un mar bellísimo».
Entiendo enseguida que no bastaría un solo post para contarlo todo. Sin embargo, Barbara me deja pistas valiosas. “El mar es muy limpio, con fondos marinos hermosos”, me cuenta. “Está el parque marino de Portofino, donde la pesca está prohibida y las aguas están protegidas: es perfecto para quienes aman el buceo. También en Santa Margherita Ligure se puede bucear todo el año, incluso de noche, con linternas, porque el fondo marino es riquísimo».
Luego aparecen lugares que parecen sacados de una postal. “Camogli”, dice, “ofrece playas, beach clubs, excelentes restaurantes y una atmósfera tranquila. Incluso el aire tiene un aroma especial”. Y sonríe al contar el origen del nombre: “el pueblo de las esposas que se quedaban en casa mientras los maridos estaban en el mar”.
Nos desplazamos idealmente a lo largo de la costa y Barbara continúa: “tenemos la passeggiata de Nervi, cuatro kilómetros sobre el acantilado, la más larga de Italia, allí estás siempre en contacto con el mar. Y justo arriba están los parques de Nervi: grandes jardines, rosales en flor en mayo, árboles centenarios e incluso ardillas». Luego añade, divertida: “También es el lugar al que van los chicos cuando deciden faltar a la escuela”.
Y continúa: “Portofino es más mundano, exclusivo, la perla de Liguria. Se llega por mar o a pie, porque en verano el acceso está limitado. Es un lugar protegido, elegante, con sus boutiques y sus casas de colores intactas”.
Pero no termina ahí. “Sestri Levante tiene una particularidad única: dos bahías, la Bahía del Silencio y la Bahía de las Fábulas. Como Hans Christian Andersen pasaba tiempo aquí, cada año se celebra un festival en su honor, donde se premia el mejor cuento infantil”. Y agrega: “Es la ciudad de los dos mares, de las dos bahías”.
En ese punto, lo tengo claro: en Liguria, cada lugar es un mundo. Y casi como dándome un consejo imprescindible, Barbara concluye: “Le Cinque Terre son absolutamente imperdibles», capaces —dice— de competir con las grandes ciudades de arte. Pueblos suspendidos entre el mar y la montaña, modelados durante siglos en terrazas para cultivar la tierra. “En Vernazza hay una iglesia gótica justo en la playa: cuando el mar está agitado, las olas llegan hasta las ventanas”.
Entre viñedos que se asoman al mar nace el Sciacchetrà y, como en toda Liguria, no falta el aceite de oliva virgen extra, uno de los más apreciados. Entiendo que esto es solo una muestra. El resto, Génova y su costa, se revelan poco a poco.
Liguria: espectacular, encantadora y auténtica
Bárbara no es ajena a la cultura colombiana y recuerda con cariño a Alessandra Carlini, una estudiante que llegó de Erasmus a los veinte años: «Se enamoró de Liguria, dice que volverá porque estos paisajes y esta vida ligur se le quedaron en el corazón».
Con Alessandra fueron a Boccadasse, un pequeño pueblo de pescadores que ha permanecido intacto en el tiempo. “Es uno de mis lugares preferidos siempre llevo a quien viene a visitarme. Es pintoresco, auténtico, con casas altas y estrechas y techos de pizarra. Aquí el tiempo cambia de ritmo: se puede estar en la playa, tomar el sol, bañarse, socializar… Y, sobre todo, comer focaccia, pesto, pescado fresco. Sabores simples, pero profundamente ligures.
Aquí emerge otra verdad: los genoveses tienen fama de ser un poco “tacaños”, pero Barbara sonríe y lo aclara… En el fondo, fueron uno de los primeros grandes banqueros de Europa: prestaban dinero a la nobleza y sabían administrar la riqueza. Una cultura del dinero que convive con una gran capacidad de acogida. «Cuando se abren», me había dicho al principio, “te lo dan todo”.
El relato continúa entre el mar y el viento. “Tenemos las mareggiate” , explica, olas altísimas que se rompen a lo largo de Corso Italia. Los genoveses van a verlas, a fotografiarlas: “los colores son increíbles”.
Y luego, como siempre, surgen otros lugares. No se puede contarlo todo —Génova y Liguria no caben en un solo relato—, pero Barbara deja otras pistas: pueblos como Cervo, suspendido sobre el mar; Sanremo, con su célebre Festival de Sanremo; las islas Gallinara y Bergeggi; y la Riviera de Ponente, con playas más amplias y de arena.
Hablando de sabores, volvemos a Cinque Terre: «Allí se produce un vino llamado Sciacchetrà , me recuerda. “Una bebida rara, producido en cantidades limitadas en terrazas escarpadas, donde todo —incluso la cosecha— es arduo. Junto a este, el aceite de oliva virgen extra ligur, uno de los más apreciados, base de la focaccia y del pesto.
Y luego están los sabores de la tradición marinera: la galleta del marinero, un pan seco que duraba semanas en el mar, y las anchoas apanadas, fritas, simples y perfectas.
Liguria, sin embargo, no es solo paisaje y gastronomía. Es también cultura, historia, inmigración. Ernest Hemingway frecuentaba Alassio en los años de la Dolce Vita; Albert Einstein vivió en Génova de joven y conservó un recuerdo profundísimo; Lord Byron hablaba de una ciudad donde uno nunca se aburría, siempre atravesada por personas, llegadas y partidas.
Y está también el hilo invisible de la emigración. Barbara lo siente cercano: “Mi bisabuelo se fue a Argentina y luego regresó”. Una historia que se repite en muchas familias ligures.
De pronto, Barbara me pregunta si conozco Ma se ghe penso. Sonríe, casi sorprendida. “es mucho más que una canción, es un canto a la nostalgia”. Escrita en 1925 por Mario Cappello y Attilio Margutti, cuenta la historia de un emigrante que, desde lejos, sigue pensando en Génova —en la Linterna, en el mar, en su casa—. Es quizás la forma más auténtica de entender lo que significa partir… y seguir perteneciendo.
Antes de despedirse, Barbara deja una última invitación, esta vez ligada a los sabores: «Si quieres entender de verdad Liguria, tienes que probarla». Me habla del tuccu a la genovesa, distinto del ragú boloñés porque se prepara con una sola pieza de carne. Es la salsa de los raviolis, sobre todo para festejar la Navidad. Y mientras lo cuenta, vuelve a ser niña: “el día antes de Navidad iba a casa de mis abuelos con mi mamá, preparábamos los raviolis… y yo contaba cuántos habíamos hecho. Al día siguiente se comían y estaban buenísimos”.
Bueno ahora sí que dan ganas de ir a Liguria. No para verlo todo, porque sería imposible, sino para empezar a descubrirla, poco a poco. Justo como se debe conocer a los genoveses.
Agradecimientos a Barbara Galvini y a su familia.
Les dejo también un video hermoso de La Liguria