Quería ser parte de la ecuación de tu vida,
pero sumaba, restaba, multiplicaba, dividía
y siempre me daba cero.
Ni positivo, ni negativo,
solo me reducías a la nada.
Fui tu cero,
ese mismo que impulsó el sistema numérico,
que le dio luz a tu vida
y te hacía sonreír cada mañana.
Fui ese amor que terminaba
y volvía a comenzar,
con más fuerza,
con más equilibrio.
Pero tú preferías la ausencia y el vacío,
mientras yo arriesgaba
mi equilibrio y mi potencial.
Contigo naufragaba
entre la nada y el infinito,
del vacío al silencio,
de ser una posibilidad
a sufrir tu ausencia.
Pero hoy renazco.
Le sonrío al destino
porque soy un cero:
no soy nada,
pero sin mí
no puedes contar casi nada.
Imagen de Evgeni Tcherkasski en Pixabay