“La vida es el crimen, el robo, los celos, el hambre, la mentira, la fuga, la estupidez, las enfermedades, las erupciones volcánicas, los terremotos, los montones de cadáveres”.
Por uno de esos azares felices de la vida, me encontré con un ensayo en francés de Oxana Khlopina, académica francesa originaria de Siberia, quien presentó en 2007, en la Universidad de París X, una tesis doctoral titulada Moravagine de Blaise Cendrars. En este estudio, Khlopina pone de relieve la importancia de las fuentes y experiencias rusas en la construcción de una de las novelas más fascinantes del escritor francosuizo.
Lo curioso es que mi primer encuentro no fue con Moravagine, sino con el ensayo que la analiza. Y bastaron unas pocas páginas para despertar la curiosidad por la obra original. La sinopsis resultaba irresistible: «Moravagine es el mal, la locura y la energía destructiva encarnados en el último descendiente de una familia real exiliada. Su historia, llena de estruendo y furia, es narrada por su testigo y confidente, el propio Cendrars, para quien Moravagine, su creación, es el doble, la sombra maldita que intenta exorcizar en esta obra fascinante, una de las más originales de nuestra época».
Gracias a la librería francesa Tiempos Futuros, en Bogotá, pude conseguir finalmente la novela y comprobar que el entusiasmo de Oxana estaba más que justificado. Me encontré con una historia exuberante, desbordada de aventuras, violencia, revoluciones y viajes, protagonizada por dos figuras inolvidables: Moravagine, una fuerza destructiva imposible de contener, y Raymond la Science, médico, protector, cómplice y testigo de sus excesos.
Como lectora, me enfrenté a una narración tan compleja como absorbente. Aunque Raymond ocupa el lugar principal como narrador, la novela se vuelve progresivamente polifónica y permite escuchar también la voz de Moravagine y la del propio Cendrars. Entre los tres se construye un relato rico en referencias históricas, clínicas, filosóficas y literarias que invita constantemente a la reflexión.
Desfilan por sus páginas el terrorismo revolucionario, la guerra, la ambición, la búsqueda de tesoros, el amor llevado hasta sus límites más oscuros y la compleja relación entre Moravagine y Macha, una terrorista judía cuya presencia marca profundamente el relato. También hay lugar para la aventura pura: expediciones por el Orinoco y el inquietante encuentro con los «Jívaros», pueblo amazónico al que la novela atribuye la práctica ritual de reducir las cabezas de sus enemigos, conocida como tsantsa.
De inmediato comprendí que estaba ante algo más que una novela de aventuras. Y justamente ahí reside el valor de leerla junto al ensayo de Oxana Khlopina: mientras Moravagine nos sumerge en el vértigo de la historia, el ensayo nos ofrece las claves para comprender de dónde surgieron sus personajes, sus obsesiones y su extraordinaria fuerza literaria.
Quién fue Blaise Cendrars
Para comprender Moravagine también es necesario acercarse a la vida de su autor, porque pocas veces una existencia tan intensa terminó filtrándose con tanta fuerza en una obra literaria.
Blaise Cendrars, seudónimo de Frédéric-Louis Sauser (1887-1961), nació en Suiza y más tarde adoptó la nacionalidad francesa. Poeta, novelista, aventurero y viajero incansable, construyó una obra marcada por el movimiento, el riesgo y la experiencia directa. Combatió en la Legión Extranjera durante la Primera Guerra Mundial y perdió parte de su brazo derecho en el frente, una herida que marcaría profundamente su vida y su literatura. Después de la guerra se dedicó plenamente a escribir con su mano izquierda y desarrolló una producción tan abundante como diversa, que abarcó la poesía, la novela, el reportaje, el cine y la reflexión autobiográfica.
Sin embargo, para comprender el universo de Moravagine, resulta especialmente revelador remontarse a su juventud. Con apenas diecisiete años, Cendrars llegó a Rusia como aprendiz de joyero. Vivió primero en Moscú y luego en San Petersburgo, donde recibió una formación mucho más importante que cualquier aprendizaje profesional: la de la vida misma.
Aquella estancia coincidió con uno de los momentos más convulsos de la historia rusa. Fue testigo de la Revolución de 1905, escuchó los ecos de la guerra ruso-japonesa y conoció de cerca el ambiente político e intelectual que más tarde inspiraría algunos de los episodios centrales de Moravagine. También descubrió la poesía, frecuentó la Biblioteca Imperial, se apasionó por la lectura y acumuló experiencias que terminarían convirtiéndose en materia literaria.
No es casual que Rusia ocupe un lugar tan importante en la novela ni que Oxana Khlopina haya dedicado años a estudiar esa influencia. El joven que recorría las calles de San Petersburgo observando revolucionarios, terroristas, exiliados y soñadores es el mismo escritor que décadas después daría vida a Moravagine y a Raymond la Science. Detrás de sus aventuras más desmesuradas no hay únicamente imaginación: hay recuerdos, encuentros y obsesiones nacidos en una Rusia que marcaría para siempre la trayectoria de Blaise Cendrars.
Moravagine a través de Oxana Khlopina
Oxana Khlopina no se limita a estudiar Moravagine; lo ilumina desde dentro. Para ella, se trata de «un gran libro, asombroso, detonante, con aires de novela de aventuras». Un relato protagonizado por un «idiota» de sangre real, una «fiera humana» encerrada desde su nacimiento que escapa de un manicomio gracias a la complicidad de un joven médico, recorre el mundo, se convierte en terrorista, buscador de oro y aviador, mientras deja tras de sí una estela de destrucción.
La lectura que propone Oxana permite comprender que Moravagine es mucho más que una novela de aventuras. En ella, Cendrars da rienda suelta a su doble demoníaco y construye el retrato de una época convulsa, poblada por personajes reales e imaginarios, atravesada por preguntas filosóficas, obsesiones estéticas y conflictos históricos. Por eso considera la novela una puerta privilegiada para entrar en la vida y la obra de Cendrars, ambas marcadas por la presencia de esa criatura literaria llamada Moravagine.
Entre los muchos hallazgos del ensayo, me impresionaron especialmente los capítulos dedicados a Rusia, “Llegada a Rusia” y “Mascha”. Allí Khlopina reconstruye con precisión cómo las experiencias juveniles de Cendrars en Moscú y San Petersburgo se transformaron en materia literaria. El joven aprendiz de joyero que presencia la Revolución de 1905, descubre la poesía y se ve rodeado por el clima político de la época terminará utilizando esos recuerdos para construir el universo de Moravagine.
Como la escritura de la novela se prolongó durante años debido a la interrupción causada por la guerra, Cendrars tuvo tiempo de profundizar en un mundo intelectual que en aquellos años observaba con fascinación a los revolucionarios rusos. Muchos de ellos eran presentados como mártires modernos, hombres y mujeres dispuestos a sacrificarlo todo por una idea. Oxana muestra cómo esa visión del terrorismo revolucionario, entendido casi como una experiencia mística, encuentra un eco constante en la novela.
También resulta fascinante seguir las huellas de las influencias que identifica la investigadora. Por un lado, está la sombra de Dostoievski; por otro, la figura muy real de Boris Savinkov, escritor, político y revolucionario ruso que participó en la organización de atentados contra el régimen zarista. Gracias al trabajo de Oxana entendemos mejor por qué Raymond la Science y Moravagine conocen tan bien la clandestinidad, el miedo al arresto, los preparativos de los atentados y las consecuencias morales de la violencia. Detrás de la ficción hay una experiencia histórica concreta que Cendrars observó, escuchó y transformó en literatura.
Uno de los aspectos más interesantes que destaca Oxana es la visión profundamente desencantada que ofrece Cendrars sobre el terrorismo revolucionario. Lejos de glorificar a sus personajes, muestra su aislamiento social, su marginalidad, el vacío que los rodea y una soledad imposible de superar. A los protagonistas de Moravagine les ocurre la misma tragedia que a Savinkov y a muchos de sus compañeros: terminan perdiendo la fe en aquello por lo que estaban dispuestos a morir. De pronto todo parece inútil: la lucha, el sacrificio, la violencia y hasta la propia existencia.
Y es justamente en medio de ese desencanto donde aparece el amor, encarnado en Mascha. Oxana dedica páginas memorables a analizar este personaje complejo y contradictorio: una mujer que oscila entre el masoquismo y el sadismo, pero que termina ejerciendo una extraña dominación sobre dos hombres profundamente misóginos. A través de ella, la novela explora las relaciones entre deseo, violencia, revolución y poder. Mascha no es solo la amante de Moravagine; es también uno de los mayores enigmas de la obra.
Pero el gran mérito del ensayo no reside únicamente en sus análisis literarios. Oxana logra algo todavía más valioso: reconstruir la voz del propio Cendrars. A lo largo de su investigación rescata entrevistas, declaraciones y testimonios que permiten acercarse al escritor sin intermediarios.
Gracias a ella descubrimos, por ejemplo, a un Cendrars que afirmaba sin rodeos: «Detesto escribir». En una entrevista concedida a Michel Manoll en 1950 explicaba la contradicción que lo acompañó toda la vida:
«Imaginar una novela, encontrar un tema, crear personajes en torno a ese tema, hacerlos aparecer ante uno mismo y conducirlos, hacerlos participar en la acción, mezclarlos en toda clase de aventuras vividas… todo eso es divertido, apasionante y encaja muy bien con mi pereza innata. Pero el día en que hay que materializar todo eso, ponerlo por escrito, negro sobre blanco, en el papel, empiezo a sufrir».
Esa misma labor de rescate documental nos permite conocer otra faceta fundamental del autor: su relación casi física con la lectura. Oxana recoge una confesión extraordinaria del autor francosuizo:
«Desde mi más tierna infancia, desde que mamá me enseñó a leer, necesitaba mi droga, mi dosis cada veinticuatro horas, cualquier cosa, ¡con tal de que fuera material impreso!».
Leer, para él, era una necesidad tan vital como comer. Todo lo que caía en sus manos era devorado con avidez. Y quizá por eso su obra está atravesada por tantas influencias, desde Jules Verne y Gérard de Nerval hasta Nietzsche, Schopenhauer, Rilke, Gógol y Dostoievski.
Al terminar el ensayo, queda la sensación de haber leído mucho más que un estudio académico. Oxana Khlopina consigue abrir una puerta al taller secreto de Cendrars, mostrar las raíces rusas de Moravagine, rastrear sus influencias, descifrar algunos de sus personajes y, sobre todo, devolvernos la voz de un escritor excepcional. Si la novela permite conocer a Moravagine, el ensayo permite comprender mejor a quien lo creó. Y ese diálogo entre ambos libros es, precisamente, lo que hace tan enriquecedora su lectura conjunta.
Lo que encontré en Cendrars
Cendrars se introduce en la historia de su protagonista mediante un juego literario tan audaz como perverso, una decisión narrativa que revela buena parte de su genialidad. Me recuerda a ciertos maestros de la pintura que decidieron incluirse discretamente dentro de sus propias obras. Rafael aparece en La escuela de Atenas entre los filósofos; Miguel Ángel dejó su rostro en la piel desollada de san Bartolomé en El juicio final; y Velázquez se representó pintando dentro de Las Meninas, desafiando los límites entre realidad y representación.
Cendrars parece perseguir un efecto similar. En la recta final de Moravagine aparece con su propio nombre y se incorpora a la aventura cuando el personaje se convierte en aviador. Allí emerge también el crítico feroz de la guerra que fue en la vida real. Resulta imposible no advertir el eco autobiográfico cuando Raymond La Science habla de la pérdida de su pierna mientras el propio Cendrars había perdido parte de su brazo derecho durante la Primera Guerra Mundial.
Mi edición francesa incluye además el Pro-domo, un texto fascinante porque abre una puerta directa a la mente del autor. Allí explica cómo la figura de Moravagine nació a partir de un encuentro con un hombre llamado Starckmann y cómo aquella idea fue creciendo hasta convertirse en una obsesión. Incluso durante la guerra, cuando debía empuñar un fusil en lugar de una pluma, el personaje seguía acompañándolo.
Quizás sea esa la revelación más interesante que dejan tanto la novela como el ensayo de Oxana Khlopina: para Cendrars, escribir no era un oficio ni una disciplina intelectual. Era una obsesión. Una fuerza que no lo abandonaba ni de día, ni de noche.
Si Moravagine me permitió admirar la imaginación desbordante del autor, el ensayo de Oxana Khlopina me permitió entrar en su taller secreto: descubrir de dónde surgieron sus personajes, sus obsesiones y sus fantasmas. Por eso recomiendo leer ambos libros. La novela deslumbra; el ensayo la ilumina. Uno enriquece al otro. Y juntos permiten acercarse no solo a una de las novelas más singulares del siglo XX, sino también a la mente inquieta y fascinante de Blaise Cendrars.
Agradecimientos: Librería Tiempos Futuros