La Grazia: el susurro de la duda

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El film La Grazia (2025), dirigido por Paolo Sorrentino y protagonizado por Toni Servillo, es una pieza magistral que narra los últimos meses del mandato de Mariano De Santis, un presidente italiano viudo y católico que debe tomar decisiones desgarradoras sobre solicitudes de indulto a personas adultas que practicaron la eutanasia a sus seres queridos, así como sobre una ley en la materia, lo que le genera un conflicto moral profundo.

Si bien la película está basada en hechos reales —como los casos de Giancarlo Vergelli y Vitangelo Bini, dos hombres de la tercera edad encarcelados por asesinato luego de eutanasiar a sus respectivas esposas con alzhéimer, quienes recibieron el indulto del presidente Sergio Mattarella en 2019—, Sorrentino crea una atmósfera especial que nos envuelve y nos sumerge en cada silencio de Mariano De Santis.

Comienzo por analizar al personaje principal, interpretado por Servillo, quien nos sumerge en un sufrimiento casi “desproporcionado”. ¿Cuarenta años después de una decepción sigue todavía ahí? El dolor se vuelve, como diría, casi “estúpido”, en el sentido más humano del término: obstinado, irracional, alimentándose a sí mismo.

En el fondo, él es muy lúcido con el mundo, pero completamente bloqueado en una herida antigua. Ese contraste es profundamente trágico. Servillo logra transmitirlo sin explicaciones: solo con silencios, microexpresiones y una mirada que parece ir siempre más allá de la escena. Es como si el personaje viviera en dos tiempos: un presente controlado y lúcido, y un pasado aún abierto, no resuelto, en permanente diálogo con su adorada Aurora.

El personaje de Servillo vive en una tensión constante: una angustia existencial donde el pasado nunca termina de pasar. Es una presencia permanente, casi una tormenta interna. Y, sin embargo, posee una mente brillante: no es un hombre perdido; al contrario, observa, calcula y comprende todo con astucia. Siempre parece ir un paso adelante. Ahí radica lo fascinante: no es arrastrado por la angustia… convive con ella con lucidez.

La relación con su hija Dorotea (Anna Ferzetti) es más funcional que afectiva. Ella actúa como un polo a tierra: controla sus hábitos, intenta preservar la salud de un fumador empedernido con un solo pulmón, un hombre sumido en la soledad, con pocos amigos —salvo Ugo Romani (Massimo Venturiello)  y Coco Valori (Milvia Marigliano ) —. Padre e hija se sienten a veces extraños, al punto de desconocer sus propias vidas íntimas. Dorotea, una workaholic empedernida, sin vida propia, brillante jurista, con criterio frente a la genialidad de su progenitor, pero atrapada en una rutina que ha apagado cualquier sueño de juventud.

¿A quién pertenecen nuestros días?

Entrando en el meollo del asunto, el film explora el amor, la duda, la responsabilidad ética en la política, la tensión entre la vida privada y la pública, y la memoria. La Grazia se vuelve aún más profunda porque conecta el plano íntimo con el ético y político: ese es, precisamente, el gran juego de la película.

Las decisiones de De Santis no son solo políticas o racionales: son el espejo perfecto de su fractura interior. Por un lado, decide sobre la vida y la muerte, concede o niega la gracia, ejerce el máximo poder con lucidez y frialdad. Por  el otro, no logra resolver su herida privada: no sabe concederse gracia a sí mismo. Es una contradicción poderosa: puede decidir el destino de los demás… pero no el suyo.

En cierto punto, incluso se llega a pensar que el presidente dejará la decisión a su sucesor. En medio de esa incertidumbre, Dorotea —quien trabaja con él en el texto de la ley— formula la pregunta más trascendental del film: ¿a quién pertenecen nuestros días? Este interrogante se resuelve en la película e incide directamente en el futuro de la ley de eutanasia, tema que en Italia sigue siendo profundamente controvertido.

Recordemos que la eutanasia activa (donde un médico suministra un fármaco letal) sigue siendo ilegal y el suicidio asistido solo es posible en condiciones muy restrictivas desde 2019. La Grazia se enmarca en esa tensión entre ley, ética y conciencia personal, pues como no existe aún una regulación clara porque todo se decide caso por caso, aquí el título se vuelve casi irónico —o trágico—: la “gracia” (el indulto)  existe como acto institucional, pero como experiencia humana, interior, permanece bloqueada.

¿Te gustaría soñar?

Más allá del personaje y la trama, es imprescindible resaltar los recursos cinematográficos con los que Sorrentino demuestra su maestría. Hay muchas escenas memorables, pero destaco algunas: cuando su amiga cómplice de sus angustias, debilidades y opiniones le pregunta a Mariano “¿te gustaría soñar?” y él, con rostro de niño mimado, responde a Coco: “molto”. Al preguntarle con qué soñaría, sorprende su fascinación por la ingravidez, quizás ese hecho de ver a un astronauta flotar entre lágrimas y risas lo relaciona con su necesidad de soltarse del peso de su pasado y ser más ligero.

Otro momento potente ocurre cuando comparte una cena con los alpinos —soldados de montaña italianos ya retirados—. Todos cantan juntos canciones tradicionales y el personaje termina visiblemente conmovido, incluso llorando. Ahí, De Santis baja la guardia emocionalmente.  Todo esto sin omitir la escena de “Elvis”, el caballo preferido del presidente, también tiene una carga emocional altísima, profundamente ligada al sentido del título.

Asimismo, me impactó la escena en Teatro Scala durante la apertura de temporada —La Prima—, de una imponencia visual notable, que dialoga con el nivel de aceptación de su mandato. Y qué decir de la salida del presidente del Palazzo del Quirinale, con la Piazza di Spagna al fondo: una sensación de libertad que se manifiesta en lo simple, como caminar por la calle o pedir una pizza a domicilio.

Por último, el soundtrack es simplemente brillante. Sorrentino logra una apuesta innovadora que mezcla lo clásico con lo moderno, apoyándose en el narrador en off cuando los silencios prolongados abren espacio a la memoria y la conciencia. Y llega la música como ente perturbador, ese contraste permanente: lo sagrado vs. lo profano, lo clásico vs. lo moderno, el poder vs. la vulnerabilidad.

Se siente en lo íntimo y melancólico con “Le bimbe piangono” de Cosmo o “Aurora” de Franco Battiato; en lo electrónico y disruptivo con Aphex Twin; y hasta en lo contemporáneo, cuando el propio De Santis irrumpe —inesperadamente— en el rap.

Mejor dicho: ¡Vayan a verla! ¡No se la pierdan!

 

 

NG

Natalia Gnecco Arregocés es una periodista y comunicadora social colombiana graduada de la Universidad de La Sabana. Posee experiencia en escritura periodística, investigación, relaciones públicas y comunicación. En 2009 fundó el Festival LatinArte en Montreal y fue nombrada una de las siete personalidades del año. También es autora de la novela "La promesa" y “Son mis huellas y hay camino”. Habla con fluidez inglés, francés e italiano.

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