Las recientes denuncias de acoso sexual que sacuden al periodismo colombiano no solo han generado indignación. También han abierto una conversación incómoda, pero necesaria: el acoso y el sexismo en los medios no son hechos aislados, sino síntomas de una cultura que durante años se toleró, se minimizó o, peor aún, se normalizó.
El comunicado de Caracol Televisión marca un punto de inflexión. La organización anunció la terminación del vínculo laboral con Ricardo Orrego y la finalización, de mutuo acuerdo, del contrato con Jorge Alfredo Vargas. Aunque el canal aclaró que estas decisiones no constituyen un juicio sobre los hechos denunciados, sí evidencian la presión creciente por actuar frente a situaciones que durante años pudieron haberse manejado de otra manera: en silencio.
En paralelo, las periodistas Juanita Gómez, Paula Bolívar y Laura Palomino han dado un paso clave: abrir un canal confidencial para recibir denuncias de acoso sexual en los medios. Este gesto no solo busca recoger testimonios, sino también evidenciar que el problema es estructural y que muchas víctimas nunca habían tenido un espacio seguro para hablar.
Porque si algo muestran los datos —y los relatos— es que el acoso en el periodismo es generalizado. A nivel global, cerca de dos tercios de las mujeres periodistas han enfrentado abusos, intimidación o acoso en su trabajo. Y no se trata únicamente de agresiones físicas. El fenómeno adopta múltiples formas: insinuaciones, comentarios sobre el cuerpo, presiones, amenazas en línea y dinámicas de poder que silencian.
Sin embargo, para comprender la profundidad del problema en Colombia, hay que mirar también los mensajes que durante años circularon desde los propios medios. Un ejemplo revelador fue la forma en que se promocionó a las periodistas de La W Radio desnudas, bajo un enfoque que resaltaba sus “voces sensuales” y su apariencia física como parte del atractivo del contenido. Allí se mencionaban nombres como Camila Zuluaga, Camila Chaín y otras integrantes del equipo, en una narrativa que hoy resulta difícil de justificar.
A esto se suman figuras históricas del periodismo como Julio Sánchez Cristo cuyos comentarios y estilo han sido cuestionados en distintos momentos por su “tono” hacia las mujeres. No se trata de casos individuales, sino de una cultura mediática que durante décadas validó ciertos comportamientos.
El problema no se limita a los espacios informativos. Revistas como SoHo construyeron un modelo de éxito basado en la sexualización del cuerpo femenino. Su exdirector, Daniel Samper Ospina, llegó a sostener que en Colombia existe una “doble moral”, donde escandaliza más un desnudo que una masacre. Un argumento que muchos compraron, pero que también ayudó a trivializar el impacto de la cosificación y su relación con la violencia simbólica y sexual.
Uno de los casos más representativos fue el de Natalia Silva, ganadora de un concurso de la revista, quien protagonizó una fotonovela y participó en acciones mediáticas altamente sexualizadas. En su momento, distintos medios celebraron como “hazaña” que, con apenas 19 años, caminara desnuda por avenidas principales de Bogotá como parte de una estrategia promocional. También fue ampliamente difundido el beso con la modelo y DJ Natalia París, presentado como un gesto provocador en medio de campañas de esfuerzos de la Alcaldía de Medellín por desestigmatizar la capital antioqueña de ser el “burdel más grande del mundo”.
Estos episodios no son anecdóticos. Son piezas de un engranaje cultural que ayudó a construir un entorno donde la línea entre lo profesional y lo inapropiado se volvió difusa. Donde el cuerpo de las mujeres fue utilizado como recurso narrativo, comercial y simbólico.
Las consecuencias de esa cultura son profundas y duraderas. Muchas víctimas hablan de traumas que se extienden durante años: miedo, culpa, rabia, confusión. La sensación de no haber reaccionado “correctamente”. La frustración de ver cómo superiores y directivos restan importancia a los hechos. En algunos casos, la confianza nunca se recupera. En otros, la única salida es abandonar la profesión.
Mientras tanto, los antecedentes institucionales no han sido alentadores. El caso de Jorge Armando Otálora Gómez —quien renunció tras denuncias de acoso que luego fueron archivadas— dejó una sensación de incredulidad, que aún pesa en la memoria colectiva. El exdefensor del Pueblo de Colombia renunció en enero de 2016 tras acusaciones de acoso sexual y laboral realizadas por su exsecretaria privada, Astrid Helena Cristancho. Las denuncias incluyeron mensajes íntimos y hostigamiento, aunque Otálora alegó una relación sentimental consentida.
Hoy, nuevas denuncias también rodean a Holman Morris, figuras como María Jimena Duzán, María Elvira Samper y Patricia Nieto firmaron una carta que lo señalan de silenciar a las victimas. Esto demuestra que el problema no distingue entre medios públicos y privados. La diferencia es que ahora hay más voces dispuestas a hablar… y más oídos atentos a escuchar.
Este momento podría marcar el inicio de un #MeToo colombiano en el periodismo. Pero su verdadero impacto no dependerá solo de los nombres que salgan a la luz, sino de la capacidad del sector para transformarse.
Porque el reto no es únicamente sancionar conductas individuales. Es desmontar una cultura que durante años permitió que esas conductas existieran.
El periodismo, que históricamente ha exigido transparencia a otros, hoy enfrenta su propia prueba. Y esta vez, no basta con informar: hay que asumir, revisar y cambiar.
Foto: Esneca