William Ospina es considerado uno de los intelectuales latinoamericanos más influyentes en la reflexión sobre historia, identidad, violencia y cultura en América Latina. Sin embargo, debo confesar que somos muchos —y me incluyo— quienes no lo conocíamos en profundidad. Gracias al ensayo de Teobaldo Noriega he tenido la oportunidad de acercarme a la obra de este gran ensayista, poeta, novelista y traductor colombiano, ganador del Premio Rómulo Gallegos (2009) por El país de la canela.
Teobaldo A. Noriega, nacido en la costa Caribe colombiana, es licenciado en Filología e Idiomas, máster en Lenguas Romances y doctor en Literaturas Hispánicas (Ph.D.). Ha desarrollado una destacada labor como crítico literario y poeta, con ensayos fundamentales sobre la novela y la poesía hispanoamericana contemporánea. Como poeta ha publicado numerosos libros, varios de ellos traducidos al inglés, y su obra ha sido reconocida por su profundidad estética y su reflexión humanista. Hoy es Profesor Emérito de Trent University, en Canadá. Su ensayo William Ospina: el relato polifónico de la conquista me permitió comprender la dimensión literaria de un autor colombiano que, sin duda, merece ser leído con mayor atención. La imagen de la portada del ensayo también resulta reveladora: corresponde muy probablemente a un grabado derivado de un diseño de Jan van der Straet, conocido como Stradanus, perteneciente a una serie sobre el Descubrimiento de América y la representación alegórica de ese acontecimiento histórico, un guiño visual que dialoga de manera profunda con el contenido crítico y literario de la obra.
Un ensayo que revela al escritor
Noriega hace un análisis profundo de la trilogía de Ospina: Ursúa (2005), El país de la canela (2008) y La serpiente sin ojos (2012). Este trabajo podría ser solo otro estudio literario, pero al leerlo sentí que el autor va mucho más allá: explora el alma del escritor y poeta, lo desnuda ante los lectores y lo sitúa en su verdadera dimensión.
Lo que más me gusta es que este tipo de análisis suele llegar tarde en la vida de los escritores. Noriega, en cambio, madrugó para ayudarnos a comprender la magnitud de Ospina y de una trilogía llena de sonidos, metáforas, descripciones y poesía sobre una época tan violenta como la Conquista española. Un tema de infinita exploración que, con tristeza, hemos pasado por alto en los colegios de Colombia, donde cada vez se limita más la curiosidad por descubrir el origen de nuestras leyes, de nuestra fe y de nuestra identidad. Ya sabemos lo que sucede cuando un país no conoce su historia: está condenado a repetirla.
Teo nos lleva de la mano por la magnífica obra de Ospina y su visión de la Conquista a través de personajes como Pedro de Ursúa e Inés. No se trata de una gesta heroica ni de un relato épico tradicional. Su enfoque es crítico, humanista y desmitificador. A través de cada página me sentí sumergida en ese universo onírico del Nuevo Mundo: la selva, los ríos, las especies, los pueblos indígenas, sus creencias y el mestizaje que dio forma a nuestro país.
La historia como espejo del presente
Si bien la Conquista fue un choque brutal de mundos —no un encuentro civilizador—, ese patrón de violencia, codicia y exterminio cultural se repite en muchos continentes. Para Ospina, la Conquista no terminó en el siglo XVI: sus consecuencias siguen vivas en la desigualdad, el racismo y la exclusión. Esto magnifica aún más su obra, y Noriega logra una sinergia notable al relacionar la trilogía con textos clásicos como Elegía de varones ilustres de Indias de Juan de Castellanos o La Araucana de Alonso de Ercilla. Esa conexión histórica y literaria le da un valor adicional a su investigación.
Me gusta también que Noriega rompe con el esquema eterno de analizar únicamente la obra de Gabo. Aunque todavía queden facetas por descubrir del Nobel, como asegura el periodista y escritor Orlando Oliveros es importante abrir la mente a autores tan versátiles como Ospina. Él nos hace suspirar por las aventuras del conquistador de Navarra Pedro de Ursúa y su amante Inés de Atienza, por la búsqueda del Dorado y por la poesía que adorna cada capítulo. Noriega descifra lo que denomina “cortinas semánticas y sonoras” de la obra: palabras y motivos recurrentes como “adiós”, “en la selva adentro”, “la montaña”, “quipus”, “hormigas” o “nunca olvides el río”. Este recurso literario, tan original, vuelve única la narrativa de Ospina.
Escribir sin traicionar la historia ya es una gran hazaña, y Noriega lo destaca magistralmente. Son más de 160 páginas impregnadas de acontecimientos que conocemos pero hemos olvidado con facilidad: el viaje de Colón, la caída del imperio inca, la vida de Atahualpa, la codicia por el Dorado. Como bien dice Noriega, “los hechos que se cuentan son reales, recuentos históricos narrados por un personaje de ficción”.
Después de leer este minucioso ensayo sobre la obra de Ospina no me queda duda de que Teobaldo Noriega nos regala una crítica magnífica que nos hace abrir los ojos hacia un escritor de dimensiones universales. Nos ofrece un espejo retrovisor original y necesario. Antes de despedirse, Teo trae la discusión sobre la historia y su verdadero significado de la mano del historiador inglés Alexander Lyon Macfie, recordándonos que toda historia es una interpretación de la realidad y depende de quién la cuente. Por eso me resulta inevitable pensar en autores irreverentes como Laurent Binet y su novela Civilizaciones, una manera audaz de reivindicar a Atahualpa y contar la conquista al revés, por el simple placer de nadar contra la corriente. Esa provocación literaria nos empuja a excavar en los anaqueles de la historia, donde sin lugar a dudas una gran guía es William Ospina: conocer la historia no es un capricho, es un deber.
Nota: Si quieren conocer aún más sobre ele escritor William Ospina. Pueden acceder haciendo clic sobre el nombre del periodista Diego Aretz