Cada 24 horas, en algún lugar del mundo, surge una noticia protagonizada por una mente criminal. No siempre se trata de un asesino en serie. Muchas veces son hechos cotidianos que, por su frecuencia, comienzan a volverse paisaje entre los contenidos que consumimos a diario: moda, conciertos, comedia o farándula.
Entre un “scroll” y otro, aparecen titulares macabros que impactan por segundos… hasta que son reemplazados por otro caso. Y lo más inquietante es que, en muchos de ellos, la violencia ocurre dentro del núcleo familiar.
En Brasil, un funcionario asesinó a sus hijos y luego se quitó la vida; en Italia, un hombre golpeó brutalmente a su madre antes de suicidarse; en Estados Unidos, un niño de 11 años disparó contra su padre mientras dormía; en Canadá, un joven atacó a su familia y después protagonizó un tiroteo en una escuela secundaria. Cambian los países y las edades, pero el patrón es similar: la violencia se infiltra en los hogares.
En Colombia, el panorama también genera alarma. El más reciente Índice Global de Crimen Organizado 2025 posiciona al país en el segundo lugar a nivel mundial en niveles de criminalidad organizada. El informe evalúa no solo la magnitud de mercados ilícitos como narcotráfico, trata de personas, minería ilegal, tráfico de armas o ciberdelitos, sino también la capacidad del Estado para responder a estas amenazas, un componente que denomina “resiliencia”. La combinación de ambos factores permite dimensionar qué tan arraigadas están las redes criminales y qué tan efectivas son las instituciones para contenerlas.
Pero más allá de ese informe, considero que los colombianos debemos reflexionar con mayor profundidad sobre la violencia dentro de las familias y sobre fenómenos como el feminicidio, que en 2024 cerró con aproximadamente 886 casos, una de las cifras más altas registradas. Para mediados de 2025 ya se contabilizaban más de 500 nuevos casos, además de miles de denuncias por violencia contra las mujeres. Antioquia, Bogotá, Santander, Atlántico y Valle del Cauca concentran buena parte de los reportes.
Si bien existen campañas de prevención, la línea de emergencia 123 y la línea nacional 155 para víctimas de violencia psicológica, física, económica o sexual, los esfuerzos parecen desvanecerse ante la recurrencia de los casos.
¿De dónde surge tanta maldad?
La pregunta ha acompañado a la humanidad durante siglos y hoy vuelve a instalarse con fuerza en la agenda pública. Filósofos como Platón y Aristóteles asociaron el mal con la ignorancia o con hábitos adquiridos; para San Agustín era la ausencia del bien; mientras que pensadores modernos como Thomas Hobbes y Jean-Jacques Rousseau lo atribuyeron a la naturaleza humana o a la corrupción social. Más adelante, Immanuel Kant habló de una decisión moral consciente; Friedrich Nietzsche cuestionó su carácter absoluto; y Hannah Arendt advirtió que puede manifestarse de forma banal, normalizada y burocrática.
Hoy, entre expertos en salud mental, analistas sociales y líderes religiosos, el debate sigue abierto: ¿se trata de fallas individuales, fracturas familiares, crisis de valores o de una sociedad que ha terminado por acostumbrarse a la violencia?
Esta discusión no es meramente académica. Si la violencia se repite hasta convertirse en rutina informativa, debemos preguntarnos qué tipo de sociedad estamos formando. Especialistas coinciden en que la prevención comienza en casa: fortalecimiento de valores, acompañamiento emocional y detección temprana de alteraciones conductuales en niños y adolescentes. Según la Fundación Cadah, el trastorno disocial es una de las alteraciones más graves en la conducta infantil, caracterizada por comportamientos que vulneran normas sociales y los derechos de otros.
Frente a un fenómeno que no distingue edad, sexo ni nacionalidad, el desafío es no normalizarlo. Porque cuando el mal deja de sorprender, empieza a instalarse.
Recuerdo que antes la bondad era un ideal al que todos queríamos aspirar. Esos valores deben recuperarse en las familias. Ningún comportamiento violento debe aceptarse. Los hombres que atentan contra una mujer fueron criados por una mujer. La sociedad colombiana debe tomar conciencia del incremento de la violencia en los hogares y actuar.
El respeto por la vida no es una elección: es un deber.
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