Lunes, 24 Abril 2017 13:49

¿Escribimos y hablamos mal?

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@NataliaGnecco


Si Miguel de Cervantes Saavedra estuviera vivo seguramente sufriría de taquicardia cada vez que entrara a su muro del Facebook y se topara con todas las faltas ortográficas que desfilan por nuestra retina en esa eterna confusión que se apodera de los cibernautas al usar: a ver y haber; allá y haya; ¡Ay!, ahí y hay; hecho y echo; a y ha; has y haz; iva e iba; tuvo y tubo; cayó y calló; etc, etc. Es obvio que en la época del Hidalgo Don Quijote de la Mancha lo que había era tiempo para leer y adornar el lenguaje en cada una de las respuestas, algo que en la era digital pasó al olvido, pues hay que contestar a la velocidad de la luz, sin importar que se atropellen todas las normas gramaticales.

 Celebrar el Día del Idioma en momentos en que el español sufre tantos atentados, por su uso inadecuado es verdaderamente una osadía. A las librerías colombianas no les cabe un libro más en su alacena, algo similar ocurre en las cajas de registro de los supermercados en donde ahora proliferan los libros de auto superación, lo curioso es que cada vez menos personas leen libros o se dedican a ojear sinopsis mientras hacen una fila. En otras palabras, vivimos rodeados de libros en medio de una sociedad alienada por las redes sociales.

Recuerdo que hace años disfrutaba esperar en una fila mientras leía “la risa remedio infalible” con un par de historias más de la revista Selecciones, hoy me atrevo a decir que el 99.9% de las personas que espera su turno para cancelar su mercado está clavada en sus teléfonos inteligentes, un fenómeno que se repite en los aeropuertos, en donde jóvenes y adultos esperan sus vuelos amarrados a sus tabletas, portátiles o celulares, cada vez menos trastean con un libro, prefieren ver películas, videos musicales o chatear con un alfabeto en donde la letra K es protagonista, (k, kiero, kual, kizas, etc) hablar o escribir a medias, sin ortografía y sin redacción… ¡Eso es lo máximo ahora!

Si bien escribir correctamente en español no es fácil, pues es un idioma rico en donde proliferan los sinónimos y antónimos, existen academias como la RAE que al menos nos hacen cavilar permanentemente sobre la inclusión o exclusión en el uso de extranjerismos, (ya se puede agregar “ tuit” en nuestro vocabulario, por ejemplo) o los cambios en la acentuación de las palabras, así nos den tantos dolores de cabeza. Sin embargo, la fórmula para escribir bien en cualquier idioma no ha cambiado, no es ningún misterio, es simplemente leer contenidos de calidad, pero por pura pereza mental, la mayoría de la gente prefiere navegar horas enteras en Facebook o Instagram, antes de leerse un buen libro.


Los atentados contra el español

Hablar sobre la evolución gramatical, literaria y demográfica del idioma español desde Cervantes a nuestros días requeriría muchas horas de investigación, sin embargo, vale la pena acompañar mi corta reflexión de algunos expertos en la materia. La primera en abanderar la discusión es María Luisa Molano, traductora e intérprete oficial, quien considera que el mayor atentado contra el idioma es no utilizarlo, por eso explica: “de esta manera se atenta con nuestras lenguas nativas del continente como el Quechua, el Guaraní, el Kawgian, de los Kogui de la Sierra Nevada de Santa Marta (idioma que pertenece a la familia lingüística Chibcha) y el Wayúu del pueblo Guajiro. Por lo tanto, utilicemos más el idioma. Cada vez que se tenga una opción de expresarse, en un ámbito trasnacional, empiece con el castellano. Luego, utilícelo bien. Es decir, empléelo de tal manera que se entienda y sea conciso, para eso sirven las reglas gramaticales y ortográficas”.


María Luisa es enfática en distinguir entre las reglas y la ortografía: “las reglas ayuden a que nos comprenda con facilidad y rapidez. La ortografía sirve para distinguir una cosa de otra: Savia y Sabía no son lo mismo, la radio y el radio, tampoco. Pongamos esas reglas a nuestro favor y comuniquémonos más.”

Por su parte, Eduardo Páez Osorio, periodista y poeta muestra su gran preocupación afirmando que nuestro lenguaje tanto hablado como escrito sigue en un proceso degenerativo y sin muchas esperanzas de mejorar, bajo la influencia de varios factores, entre ellos la arremetida de las nuevas tecnologías y la apropiación, por medio de ellas, de un lenguaje simplista y en demasía coloquial. Con aplomo agrega: “fuera del contexto de las redes sociales, está esa constante del camino fácil -de herencia no tan reciente- de gente que sigue prefiriendo “atajos” en el vocabulario, usos indebidos en las formas de expresión a los que a fuerza de repetirlos ya los dan por válidos, por eso el atropello de la palabra es el pan de cada día. Nuestra lengua tan rica en formas, tan inmensa en contenido y tan bella en estructura termina convertida así en un medio simplista y ocasional de comunicación, desprovisto de su rigor y de su buen uso”.

Eduardo va directo al grano explicando por qué escribimos y hablamos mal: “no nos preocupamos más allá de que nos entiendan, porque no leemos, no nos cuestionamos, no hay autocrítica, no se corrige, no nos exigimos, solo cunde la pereza mental e intelectual y esto es algo que debe comenzar a cambiar desde uno mismo y también con la exigencia de un mejor sistema de formación en escuelas, colegios y universidades”.


Después de escuchar a Eduardo, interviene Nelson Toncel Herrera, licenciado en lenguas modernas, especialista en planeación educativa y quien adelanta actualmente su segundo semestre de maestría en educación. Herrera se une a este ejercicio diciendo: “ el acto de habla y escritura ya sea de manera personal o por medio del internet se entiende como un fenómeno social complejo arraigado en la cultura de las personas de una región, el cual impone a la familia, a nuestra sociedad y en especial a la educación, un desafío enorme que por muchos años no hemos podido solucionar a través de nuestro sistema educativo actual.

La falta de comprensión al leer, la falta de gusto hacia la lectura, los problemas de consciencia fonológica y los problemas gramaticales parecen agudizarse cuando se utilizan las redes sociales como medio para comunicar. Un ejemplo de ello es la omisión de letras o intercambios de las mismas como cuando para escribir “calor” se escribe “kalor”. Eso es preocupante porque cada vez hay más niños conectados y expuestos a estos medios”.

Nelson menciona otros puntos interesantes como el uso de abreviaturas: “Dios te bendiga”, “DTB”, que aunque se entienden, no están reconocidas por las academias oficiales del español y a esto le suma la omisión constante de los signos de puntuación que determinan el significado de una expresión u oración. Sin embargo, lo más preocupante para él es la comunicación a través de imágenes, con pesar explica: “debido a Facebook y Whatsapp se ha reemplazando el uso del lenguaje escrito y verbal por la invención de emoticones e imágenes prediseñadas. Esto desfavorece notoriamente las competencias lingüísticas de quienes realizan estas prácticas, pues se desperdicia mucho tiempo que podría servir para ejercitarnos en la escritura y el habla de manera correcta”.


Toncel le cede la palabra a su colega David Gómez Ferreira, licenciado en lenguas modernas y M.Sc. (c) en lingüística, quien complementa: “mi perspectiva frente a este interrogante es que las personas tienden a utilizar más la informalidad y la espontaneidad en el acto de habla, que preocuparse por utilizar la normativa lingüística. Esto es producto de la incidencia de la tecnología en el proceso de agilidad comunicacional actual, es decir, poco razonamiento y más rapidez en el diálogo, violando todas las reglas gramaticales y ortográficas, coloquialmente no importa cómo lo diga o lo escriba, lo importante es que me entienda. Lamentablemente es el concepto hoy, de gramática”.

Para finalizar, David asegura que el mayor atentado hacia nuestro idioma es no identificar las situaciones comunicativas (contextos) para producir un discurso, dado a que se evidencia la falta de voluntad para usarlo correctamente, escudándose en las formas comunicativas que permite la tecnología en sus diferentes aplicaciones, como el chat. La comunicación virtual es considerada acto comunicativo, pero debemos ser conscientes que es una forma de comunicación diferente a la realidad normativa de un proceso comunicativo (libre gramaticalmente, gracias, ola, xq…). Lo que yo he denominado un avatar lingüístico”.

 


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